SERVICIOS EDITORIALES. Digital y papel

Cuestionario literario: Montse Alonso

Nombre: Montse Alonso Álvarez
Fecha y lugar de nacimiento: 31 de enero de 1973. Berna (Suiza)
Obras publicadas: El Sueño de Malala, Los niños migrantes no vienen de la LunaMigrant children don´t come from the Moon.

—¿Por qué te pusiste a escribir El sueño de Malala?
El Sueño de Malala fue fruto de la casualidad. Bueno… quizás no. Por aquel entonces (noviembre de 2014) la noticia de que Malala Yousafzai iba a recibir el premio Nobel de la Paz saltaba a los medios. El centro donde trabajo me encomendaba la docencia de la asignatura Valores Sociales y Cívicos, con lo que comencé a revisar la bibliografía relativa existente, comprobando de forma frustrante que lo que había no me convencía. Comencé a leer y a investigar sobre la vida de Malala: biografía, autobiografía, su blog de la BBC en el que informaba a occidente de la situación que vivían en Pakistán bajo la opresión de los talibanes… y fui conquistada desde el minuto cero por la personalidad de la joven: su fuerza, tesón y valentía en la defensa del derecho de las niñas a la educación. Pensé que sería un buen modelo para construir toda la programación didáctica de mi nueva asignatura en torno a ella: era una niña, con lo cual el alumnado se sentiría identificado con ella por su edad; sus valores podrían ayudarme a trabajar el desarrollo moral y emocional del alumnado; y su historia no era común: una niña que desafiaba al Sistema de su país y al de muchos otros, que había sido diana de un atentado y que había sobrevivido. No solo eso: el día de su atentado era un punto de no retorno para iniciar su andadura como defensora de los derechos de las niñas de todo el planeta. Así comencé a preparar pequeñas lecturas acompañadas de actividades que desarrollaba con mi alumnado.

—¿Cómo fue el proceso de escritura?
A nivel funcional, el proceso de escritura fue muy paulatino. Dependiendo de los contenidos que me correspondía trabajar según la programación didáctica, obtenía datos reales de distintas fuentes, y redactaba. Trabajaba los textos en el aula, e iba realizando las distintas modificaciones necesarias para su comprensión a medida que el alumnado los trabajaba.
A nivel emocional, el proceso fue muy satisfactorio: estaba elaborando un material inédito que mis chicos trabajaban no solamente por el hecho de aprender unos contenidos, sino que —al igual que me había ocurrido a mi— ya estaban totalmente atrapados por la figura de Malala: leían, preguntaban, dudaban de la veracidad de la historia debido a las contradicciones culturales que encontraban, y ojipláticos deseaban saber más sobre ella.
Los textos y las actividades fueron multiplicándose, hasta que se me ocurrió la idea de publicar. Me apenaba que todo aquel material quedara únicamente entre las cuatro paredes de mi aula, —bueno, y en las almas del escaso alumnado de mi asignatura, aunque este hecho ya era altamente satisfactorio—. Pensaba que cualquier docente, padre y madre, y niño, debían tener la oportunidad de conocerlo y trabajarlo. Al menos, de leerlo. Así que busqué a una ilustradora que pudiera dar forma y color al texto. Así, de nuevo la casualidad me llevó a visualizar los dibujos de Yolanda Durá en Linkedin: le propuse ilustrar la obra, y por suerte… aceptó encantada. Trabajamos como nunca lo hubiera imaginado: ella en Valencia y yo en Ponferrada; pero la distancia no fue problema en ningún momento. Completamente implicadas, poniendo en común cada una de las ideas, colores, formas… y coincidiendo en el diseño de casi todas ellas. Nos unió un vínculo precioso, especial y muy fructífero. A día de hoy, aún seguimos sin conocernos personalmente, aunque sí mantenemos contacto.

—Después de todo y una vez publicado, ¿ha resultado ser como la imaginaste?
Superó con creces mis expectativas. Nunca me había planteado escribir. De hecho, a medida que escribía me di cuenta de que el rango de edades que debía contemplar en el aula, me obligaba adaptar los textos a diferentes edades, con lo que cada uno de los textos nació en dos versiones. La labor de escribir se multiplicó así por dos.
Verlo nacer en papel fue toda una experiencia que nadie conoce hasta que lo vive en carne propia. Coincidir con vosotros, la editorial Tintamala, fue lo que muchos llaman serendipia: la pericia y profesionalidad de dos hermanos bien compenetrados en la corrección y maquetación de la obra. Pero lo más sorprendente ha sido sin lugar a dudas vuestro proceso de acompañamiento a lo largo de todo el proceso: vuestro cariño y dedicación, vuestra sensibilidad para con el tema, vuestro empeño, vuestra ilusión —patente cada día en las llamadas telefónicas y mensajes casi diarios—… Conectar de estar forma con aquellos a quienes les confieres tu obra, es una suerte incalculable.

—¿Qué sentiste cuando tuviste tu libro entre tus manos?
Una alegría infinita. Es indescriptible. Aún recuerdo que aquellos primeros ejemplares de los 4 volúmenes, apenas revisados y retocados hasta la perfección, fueron los que entregué a la propia Malala y a su padre en mi visita privada a Birmingham. A pesar de la incertidumbre que hasta el último momento me provocó esta cita, allí estaban: recibiendo las pruebas de mi obra en carne y hueso. Recuerdo emocionada aquel día, en el que Ziauddin Yousafzai valoraba sinceramente el hecho de una maestra hubiera elaborado un material sobre su hija para educar en valores.

—¿En qué estás metida ahora, literariamente hablando?
Actualmente trabajo en dos proyectos bastante ambiciosos: uno sobre educación en valores desde una perspectiva histórica e integradora de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030, con la que pretendo sensibilizar a los niños sobre el conocimiento de sucesos históricos que han puesto de manifiesto la necesidad de estos ODS, y otro sobre Visual Thinking para aprender a aprender.

—¿Por qué escribes?
No sabría explicarlo. Es una necesidad, tanto personal -a nivel catártico y emocional-, como global, ya que percibo necesidades en el planeta y en las personas que creo son necesarias abordar, y “me creo” que puedo hacer algo para colaborar en corregirlas. Diecinueve años de docencia y el hecho de ser madre de tres hijos, me han permitido observar la existencia de necesidades en los niños, y somos precisamente los docentes los que deberíamos hacer algo para paliarlas. Ya me lo dijo Ziauddin en Birmingham: “Montse, los maestros tenemos un gran poder, y debemos utilizarlo”.

—¿Qué es lo mejor de escribir? ¿Y lo peor?
Lo mejor: dejar volar tu voluntad, tus deseos, inquietudes, necesidades y utopías hasta las páginas del papel, sin ser censurado en directo (siempre habrá detractores que no estén de acuerdo contigo, pero pocas veces te enteras…).
Lo peor: hay veces que no encuentras las palabras ni expresiones necesarias para escribir lo que sientes. Escribir es todo un arte que se adquiere con la práctica masiva.

—¿Tienes alguna rutina para escribir?
Jamás. Tengo días muy productivos que paso horas haciéndolo. Otros días la fluidez y la creatividad no te acompañan. Las noches suelen ser muy productivas, y muchas veces incluso me despierto a horas intempestivas para anotar ideas que llegan. Mi gran aliado es una aplicación de notas en el teléfono, porque por desgracia, tengo mala memoria…

—¿Qué libro te hubiera gustado escribir?
El que ya he escrito. Ningún otro. Ese. Hasta ahora he escrito lo que he deseado.

—¿En qué libro te hubiera gustado ser personaje?
Personaje no. Me hubiera encantado ser el narrador externo y omnisciente de El Diario de Anna Frank.

—¿Qué personaje sacarías de su libro y lo harías persona de carne y hueso?
A día de hoy, todos son de carne y hueso. ¡Y he tenido la suerte de conocer a los protagonistas!

—¿Qué libro estás leyendo ahora?
Wonder. La lección de August, de P.J. Palacio. Es la historia de un niño con una malformación en su cara, y las múltiples reacciones de sus compañeros en el instituto. Una lectura obligada para todos los docentes, con alta carga emocional y mucho que enseñar sobre inclusión.

—¿Cuál ha sido tu mejor momento como lectora?
Todos. Disfruto muchísimo con la lectura. Aunque dispongo de poco tiempo para ello.

—¿Sueles releer los libros que te gustan?
—No. Creo que tenemos poco tiempo de vida, que hay mucho que aprender, y que cada libro nos transmite una enseñanza nueva… Posiblemente me equivoque…

—¿Prosa, poesía o todo lo contrario?
Casi siempre prosa.

—¿Qué hacemos con quienes queman libros?
Buf… No me hagas hablar… Peco de no ser políticamente correcta…

—Locura confesable
No puedo dejar de contar las pinzas y la ropa que tiendo “ordenadamente” en la cuerda a secar.