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El hambre de Bécquer y Cela

El hambre es mala consejera y, ya se sabe, cuando entra por la puerta hace que el amor salte por la ventana.
Y la historia está plagada de ejemplos que demuestran que el oficio de escritor no es precisamente una de las mejores opciones para conjurar el riesgo de que el amor salga por la ventana.
Muchos virtuosos de la pluma han tenido que buscarse otros sustentos complementarios, porque lo que con sus libros ganaban no era suficiente para una vida digna. Incluso, hoy en día, se sigue escuchando por ahí esa recomendación que aconseja encontrar un empleo ajeno a las letras que permita un sueldo para sobrevivir y, a la vez, deje el tiempo necesario para continuar con la literatura.
Como estos tiempos de ahora mismo son tan históricos y tan importantes como cualesquiera ya pasados, este dilema ya se les presentó a otros con anterioridad.
Los hay que cuentan del bueno de Miguel Cervantes que los últimos años de su vida se dedicó a ser proxeneta de las mujeres de su familia… quién sabe.
Resulta curioso comprobar cómo dos escritores conocidísimos dentro de nuestras letras, Gustavo Adolfo Bécquer y Camilo José Cela, dieron una misma respuesta a esa necesidad económica. Uno en el siglo XIX durante la época de Isabel II y el otro durante el Franquismo.
Ambos se ganaron la vida como censores. Sí, controlando y recortando lo que escribían los demás.
Ya lo dijo otro poeta, Miguel Hernández: “El hambre es el primero de los conocimientos“.