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“La gracia que no quiso darme el cielo”

El bueno de Cervantes puede pasar por uno de los más grandes escritores de nuestra lengua, si no el más grande. Su novela Don Quijote de la Mancha, dicen, es el texto de ficción más leído de la historia y el número de ejemplares publicados podría andar, también dicen, entre los 200 y los 400 millones.
Cierto es que el autor de Alcalá de Henares vivió solo una parte de esta gloria literaria en vida, pero algo pudo comprobar en primera persona de su poderío como novelista y del éxito de su obra (entre la primera y la segunda parte del Quijote le salió hasta un plagio, el de Avellaneda).
Por eso llama la atención la amargura con la que Cervantes se juzga a sí mismo como poeta, cuando escribe esos famosos versos en los que afirma:

Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo…

¿Por qué esa fijación con la poesía de un novelista tan portentoso?

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El profesor Pedro C. Cerrillo Torremocha tiene un artículo muy iluminador sobre este asunto que se titula: ‘Cervantes poeta: el valor de los versos del Quijote’.
Señala este profesor que le penaba no triunfar como poeta o como dramaturgo porque estos eran los géneros literarios que daban prestigio a un escritor en la Edad de Oro. Y es cierto que los grandes nombres de la literatura de la época eran poetas o dramaturgos: Lope, Quevedo, Góngora, Calderón…
También conviene recordar que en aquellos años, en España, no era tarea fácil destacar como poeta, porque no han visto los siglos un momento de mayor esplendor poético en nuestro país, al que solo le ha podido hacer algo de sombra la conocida como Generación del 27.
Así que Cervantes, a lo suyo, a machacarse en sus escritos por su falta de pericia poética. En la propia novela de El Quijote, el personaje de el cura llega a afirmar en un momento del autor de La Galatea (juego metaliterario) que “es más versado en desdichas que en versos”.