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Las monjas y el ‘Cántico Espiritual’

Nuestro místico San Juan de la Cruz fue creando su Cántico espiritual en cautivero. Estuvo recluido en un calabozo dentro de un convento de los Carmelitas calzados en Toledo durante ocho meses, en unas condiciones pésimas y, por supuesto, sin material para escribir.
Cuentan que creó y memorizó las treinta primeras estrofas allí dentro y que no pudieron ser pasadas a papel hasta que salió. Fueron finalmente transcritas con ayuda de otras personas (una monja llamada Magdalena del Espíritu Santo o el cronista Jerónimo de San José, por ejemplo). Acabó el poema en Baeza y en Granada, escribiendo las últimas cinco estrofas tras una conversación con otra monja, la hermana Francisca de la Madre de Dios.


Manuscrito del propio autor

San Juan de la Cruz recibió años después, en 1584, una petición de otra monja más, la madre Ana de Jesús, para que el poeta hiciera un comentario en prosa explicando sus versos. Dicen que fue esta misma religiosa la que, al tener que exiliarse a Francia, se llevó el poema, que fue publicado en París en 1622, en francés. En español se publicaría en 1627 en Bruselas. En España, por la censura de la Inquisición, no se publicaría hasta 1630.

Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.