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Leer en la antigüedad

¿Cómo se leía antiguamente? Casi siempre en voz alta.
El anterior Papa, Benedicto XVI, en su Audiencia General del 24 de octubre de 2007, recordaba la sorpresa que produjo en san Agustín comprobar que el obispo de Milán, san Ambrosio, leía para sí.

“Aquí san Agustín expresa su admiración porque san Ambrosio leía las escrituras con la boca cerrada, sólo con los ojos (cf. Confesiones 6, 3). De hecho, en los primeros siglos cristianos la lectura sólo se concebía con vistas a la proclamación, y leer en voz alta facilitaba también la comprensión a quien leía. El hecho de que san Ambrosio pudiera repasar las páginas sólo con los ojos era para el admirado san Agustín una capacidad singular de lectura y de familiaridad con las Escrituras.”

Al parecer, esta lectura en voz alta tenía su explicación por el tipo de escritura de aquel momento, es decir, por la conocida como ‘scriptio continua’, que se realizaba con todas las palabras unidas en la línea, sin separación entre ellas. Además, el orden de las palabras tampoco estaba muy claro, porque no existían las normas de construcción de la frase tan formalizadas como hoy.

Vergilius Augusteus, Georgica 141.jpg
By late antique copyist – late antique manuscript, Public Domain, Link

De modo que la lectura se solía dejar para quien estuviera acostumbrado a comprender el conjunto de la frase desordenada y sin espacios entre palabras; a quien estuviera acostumbrado a darle sentido y verbalizar aquel caos de palabras sin espacios y desordenadas. Ocurría a menudo que esa lectura en voz alta se encargaba a esclavos.

¿Cómo fue cambiando todo esto?
Lo explica estupendamente Nicholas Carr en su obra ‘Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’:

“No sería hasta mucho después de la caída del Imperio romano cuando la forma del lenguaje escrito rompió por fin con la tradición oral, para empezar a adaptarse a las necesidades únicas de los lectores. A medida que avanzaba la Edad Media, el número de letrados -cenobitas, estudiantes, comerciantes, aristócratas- crecía de manera constante; y con él, la disponibilidad de libros. Muchos de los nuevos libros eran de carácter técnico: no servían a la lectura pausada o académica, sino como referencia práctica. La gente comenzó a querer, a necesitar, leer de forma rápida y privada. (…) A comienzos del segundo milenio, los escritores comenzaron a imponer normas en el orden de las palabras en sus obras, organizándolas en un sistema sintáctico predecible y estandarizado.”

Por cierto, que el citado san Ambrosio, de nombre romano Aurelius Ambrosius, fue uno de los famosos doctores de la Iglesia católica. De su mano, la Iglesia ganó un poder enorme, por encima incluso del emperador, asunto de una actualidad innegable dieciséis siglos después. ¡Ah!, y por aquella época también se prohibieron los Juegos Olímpicos.