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Nuestra literatura cambió en Granada

La España que pasa del siglo XV al XVI es uno de los ejemplos más claros del fin de la Edad Media y la llegada de un nuevo mundo, geográfico y mental.
Cuando se habla de una fecha concreta para señalar el final de la Edad Media suele utilizarse el año 1492, por ser el de la llegada de Colón a América y el de la conquista de Granada por Fernando e Isabel, Isabel y Fernando, tanto monta…
En esa ciudad, Granada, también se concentran literariamente en aquellas fechas algunos hitos que nos muestran cómo estaba cambiando la forma de escribir en nuestra patria.
Son los años de los últimos estertores de la literatura nazarí y de la llegada de una nueva orientación “a la italiana”.
Con la Edad Moderna, la literatura árabe de los reinos musulmanes pasa a ser, al igual que estos reinos, un recuerdo de la historia que perdura por la tradición y el legado cultural.
Un recuerdo que queda, eso sí, fijado en los muros de la Alhambra, llenos de decoración caligráfica, es decir, de inscripciones cursivas y cúficas en las que se puede leer aquello de «Solo Dios es vencedor» (emblema de la dinastía nazarí) junto a poemas realizados por tres poetas de aquella corte: Ibn al-Yayyab (1274-1349), Ibn al-Jatib (1313-1375) e Ibn Zamrak (1333-1393), que fueron secretarios de la cancillería real y primeros ministros además de poetas.

En la taca —nicho practicado en el muro a ambos lados de los arcos o puertas para insertar en su interior vasijas con agua— derecha del pórtico norte del Generalife, escrito en su alfiz, se puede leer:

«Taca en la puerta del salón más feliz
para servir a Su Alteza en el mirador.
¡Por Dios, qué bella es alzada
a la diestra del rey incomparable!
Cuando en ella aparecen los vasos de agua,
son como doncellas subidas a lo alto.
Regocíjate con Ismail, por quien
Dios te ha honrado y hecho feliz.
¡Subsista por él el Islam con fortaleza
tan poderosa, que sea la defensa del trono!»

Expulsados los nazaríes de Granada, allá por el 1526, el poeta barcelonés Juan Boscán (imagen destacada) se encuentra en la ciudad andaluza junto a la comitiva real para la boda de Carlos I con Isabel de Portugal. Allí también está Andrea Navagero, embajador de Venecia y amigo de Boscán. Entre los muros de la Alhambra, muy cerca de esas inscripciones y poemas ya citados, ambos hablan sobre el futuro de la poesía y el italiano convence a Boscán para que se anime a escribir a los nuevos modos que llegan del país trasalpino.

Andrea Navagero.

Nuevos modos (endecasílabo, sonetos, Petrarca…) que cambiarían la lírica española para siempre: no olvidemos al gran Garcilaso, que llegaría a escena justo a continuación.
El propio Boscán, en uno de sus escritos, lo explica:

Porque estando un día en Granada con el Navagero, al cual por haver sido varón tan celebrado en nuestros días he querido aquí nombralle a vuestra señoría, tratando con él en cosas de ingenio y de letras y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dixo por qué no provava en lengua castellana sonetos y otras artes de trobas usadas por los buenos authores de Italia. Y no solamente me lo dixo así livianamente, mas aun me rogó que lo hiziese. Partíme pocos días después para mi casa, y con la largueza y soledad del camino discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas vezes en lo que el Navagero me havía dicho. Y así comencé a tentar este género de verso, en el cual al principio hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome quiçá con el amor de las cosas proprias que esto començava a sucederme bien, fui poco a poco metiéndome con calor en ello. Mas esto no bastara a hazerme pasar muy adelante si Garcilaso, con su jüizio, el cual no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta, no me confirmara en esta mi demanda. Y así, alabándome muchas vezes este mi propósito y acabándomele de aprovar con su enxemplo, porque quiso él también llevar este camino, al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más fundadamente.

De modo que, allí, en aquella Granada entre el siglo XV y el XVI, la literatura española cambió para siempre.