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Un peluquero para dos poetas

Era por aquel entonces Vicente Aleixandre un poeta joven con un solo libro publicado. Su peluquero se llamaba Eduardo y con él, mientras le cortaba el pelo cada vez que tocaba, solía hablar de cosas triviales.
Lo cuenta el poeta que llegaría a premio Nobel en su obra Los encuentros.
Eduardo sabía que Vicente era poeta pero no hablaban de literatura, sino más bien de otros clientes. Un día le habló de un señor de cierta edad que “también” escribía versos.A Vicente le picó la curiosidad y le preguntó por ese señor que, según le explicó el peluquero, era un hombre de cierta edad que siempre llevaba el mismo traje, un traje que se iba desgastando y perdiendo el color hasta que llegaba el momento de retirarlo y hacerse con uno nuevo. El señor, a partir de entonces, repetía el hábito y no se cambiaba de traje hasta que llegaba el momento de retirarlo como había ocurrido con el anterior.

Vicente, todavía más picado por la curiosidad, le preguntó al peluquero por el nombre de ese caballero que “también” escribía versos.

—No, no es conocido, le sirvo yo siempre. Y si hace versos será de afición; no es lo suyo. Él atiende otras obligaciones.

También le contó que se trataba de un hombre de pocas palabras que parecía quedarse dormido cuando le cortaba el pelo.

—¡Vaya! ¿Pero cuál es su nombre? —insistió Vicente.

El peluquero se quedó callado un momento y, encongiéndose de hombros, al final le dijo como si no valiera la pena:

—Don Antonio Machado.