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Poeta en la cola de un avión

Cuando pensamos en Gloria Fuertes, casi de forma automática, nos viene a la cabeza poesía infantil de rimas fáciles y personajes de animales humanizados. Y los recuerdos de la televisión de hace décadas, en los que aquella mujer ya algo mayor aparecía vestida con corbata mientras recitaba con su voz de trueno.

Gloria_FuertesPero Gloria Fuertes fue mucho más que eso. Fumadora empedernida, fue figura importante de la poesía española del siglo XX y varios hispanistas, fundamentalmente de Estados Unidos, se han dedicado a estudiar su obra. (más…)

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π de poesía

Hay un chiste malo y políticamente incorrecto que viene a ser, más o menos, así:

Acude una patrulla de la policía a una céntrica calle de una ciudad porque han recibido aviso de una agresión. Al llegar, comprueban que, efectivamente, un hombre golpea con furia a otro sin que los transeúntes que se agolpan alrededor se atrevan a detenerle. Los agentes intervienen y reducen al agresor.
—¿Qué ha pasado? —le pregunta uno de los policías.
—Le estaba pegando, se lo merece.
—¿Por qué?
—Es judío —contesta el atacante cargado de razón.
—¿…y?
—Los judíos mataron a nuestro señor Jesucristo.
—Pero eso fue hace dos mil años —dice el agente alarmado.
—Sí, pero yo me he enterado esta mañana. (más…)

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Muerte de un poeta soldado

Hay tiempos convulsos en los que las vidas de artistas, emperadores y religiosos pueden cruzarse.
Fue el caso de uno de los grandes poetas de nuestra literatura, Garcilaso de la Vega. No contamos nada nuevo de Garcilaso si decimos que fue soldado y hombre de relevancia política en la corte de Carlos I, que le tuvo en mucha estima (casi siempre).
El caso es que el autor de versos como ése que dice “Escrito está en mi alma vuestro gesto” o ese otro de “Oh dulces prendas por mi mal halladas”… tuvo una vida llena de batallas (de las de aceros y de las de besos).
Cuentan que murió Garcilaso en medio de la guerra que enfrentaba al emperador Carlos y al rey francés Francisco I. El poeta era ya por entonces maestre de campo de un tercio de infantería, con unos 3.000 hombres a su mando. Sin embargo, pese a su alto rango militar, fue el primero en intentar tomar al asalto una fortaleza con la única ayuda de un pequeño escudo (rodela). Pasó lo que tenía que pasar y una de las piedras que lanzaron desde lo alto los defensores le hizo caer al foso, herido de gravedad.
El poeta no murió inmediatamente, sino que fue trasladado a Niza, donde le cuidó su amigo Francisco de Borja, que llegaría a ser máximo responsable de la orden religiosa de los Jesuitas y santo.
Dicen también que el Emperador, enrabietado por su muerte, mandó ahorcar a todos los defensores de la fortaleza francesa una vez que fue conquistada.
Sí, tiempos convulsos, en los que las letras, la política, la guerra y la religión iban de la mano. En realidad, casi como ahora.

Por cierto, hasta Alberti reconoció su fascinación por Garcilaso y le escribió este poema:

Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
qué buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
qué buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
qué buen caballero era.

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Los padres de tres poetas

Hasta para ser poeta hay que nacer rico. Algo así pudo pensar Miguel Hernández cuando andaba desesperado por lograr la gloria literaria en aquel Madrid de la década de los 30 previo a la Guerra Civil. Hasta cinco viajes hizo el de Orihuela a la capital en busca de un reconocimiento y una fama que, al final sí, le llegaron… aunque justo antes de julio del 36.
El caso del autor de ‘El rayo que no cesa’ me lleva siempre a la comparación con otros escritores. Porque si Miguel Hernández tuvo que buscarse sus oportunidades sin apenas ayudas familiares, hubo otros poetas que las tuvieron hasta el punto de que les garantizaron ingresos suficientes para trabajar su talento y alcanzar la citada gloria de las letras sin tantos sobresaltos.

Familia Hernández-Gilabert.

Familia Hernández-Gilabert.

Sin ir más lejos, un coetáneo suyo: Federico García Lorca. Su padre llevaba muy mal que no sacara la carrera de Derecho. Pero tuvo paciencia y financió las necesidades de su hijo. Al final, gracias a la ayuda de su hermano y de algunos conocidos del poeta en la universidad, logró sacar (recibir como regalo, más bien) su título en Derecho. Federico tuvo tiempo y dinero para que su descomunal talento se abriera paso.

Familia García Lorca.

Familia García Lorca.

Muchos siglos antes, unos veinte siglos exactamente, hubo otro poeta que se sirvió del dinero de su padre para poder dedicarse al noble arte de juntar versos. Fue Ovidio Nasón (sí, el que Quevedo utilizó para llamar narizotas a Góngora).
En este caso, el padre tenía muchas fincas, y quería que su hijo se dedicara también a los menesteres del Derecho. Pero Ovidio tiraba por la lírica, ante los reproches de su padre, quien le recordaba que el más grande de los poetas, Homero, había muerto pobre de solemnidad.
El poeta romano le contestaba al padre en ‘Tristia’, su poemario más autobiográfico:

“Parce mihi, nunquam versificabo, pater!”.

Que, en versión libre, podría traducirse por “¡Perdóname, padre, nunca más haré versos”. Le decía al padre que no iba a hacer más versos… a través de unos versos. Vamos, que poeta y vacilón.
Aunque no de forma directa, las propiedades del padre sirvieron a Ovidio, al heredarlas, para vivir sin preocupaciones y dedicado a la poesía. Después fue desterrado por el emperador Augusto, pero eso es otra historia.
Fijaos si fue diferente el apoyo de los padres en los tres poetas que, al enterarse de la muerte de su hijo tras una agonía en varias cárceles franquistas, el padre de Miguel Hernández debió de comentar algo así como:
-Él se lo ha buscado…

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