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La elegía a Antonio y la elegía a Rubén

Las Obras Completas de Antonio Machado se abren con un poema escrito por otro autor. Se trata de un poema titulado Oración por Antonio Machado, del gran Rubén Darío, cuyos versos son una de las mejores descripciones que se han realizado del creador de Campos de Castilla. Unos versos que parecen una elegía. El poema es este:

Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver.
Cuando hablaba tenía un dejo
de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos
casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo
como era hombre de buena fe.
Fuera pastor de mil leones
y de corderos a la vez.
Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
y del amor y del placer,
cantaba en versos profundos
cuyo secreto era de él.
Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible se fue.
Ruego por Antonio a mis dioses,
ellos le salven siempre. Amén.

¿Cuándo escribió Darío estos versos? ¿Justo al morirse Antonio, un poco después, mucho tiempo más tarde de su fallecimiento…?
En realidad, Rubén Darío escribió este poema cuando Antonio Machado estaba vivo. Vivo y sin ninguna noticia que hiciera pensar en su muerte. Fue en 1905.

El primero de los dos poetas en morir fue Darío, fallecido el 6 de febrero de 1916. El propio Antonio fue el que quiso que ese poema creado por otro autor encabezara la publicación de sus Obras Completas en el año 1917. Fue un homenaje a su amigo y maestro, a quien el sevillano también dedicó la elegía A la muerte de Rubén Darío, publicado en la revista España:

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,
¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?
Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,
corazón asombrado de la música astral,

¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno
y con las nuevas rosas triunfantes volverás?
¿Te han herido buscando la soñada Florida,
la fuente de la eterna juventud, capitán?

Que en esta lengua madre la clara historia quede;
corazones de todas las Españas, llorad.
Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,
esta nueva nos vino atravesando el mar.

Pongamos, españoles, en un severo mármol,
su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

Esta vez sí fue una elegía tras la muerte del hombre que la inspiró.